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Psicoterapia Madrid, Un saber de la felicidad

Un saber de la felicidad

Ha llegado a mis manos un nuevo manual de autoayuda. Es esta una última versión del “hay que ser felices y estar satisfechos”, ¿cómo? Tomando las riendas de tu propio destino para poder vivir una vida plena. Esto se consigue aprendiendo, es decir, incorporando el saber del que no disponemos la mayoría. Así, deteniéndonos un poco más en la cuestión, se trata de un doble movimiento; incorporamos el saber del que no disponíamos, y así, nos desprendemos del sufrimiento que nos aqueja.

Es al poco de comenzar que me encuentro con la hipótesis de trabajo del Dr. Dan Baker, a la sazón, director fundador del departamento de medicina conductista de Canyon Ranch, y escritor de este manual. Tenemos confundida la felicidad con el término de cantidad. Queremos más siempre, y esto nos hace profundamente infelices. Es por culpa del miedo, pero no somos responsables de la mediación de este factor, es decir, somos irresponsables en todo caso, en la medida que el origen del miedo es un origen orgánico, está en nuestro cerebro más primitivo, fue el miedo que garantizó la supervivencia de nuestra especie, ahora es la traba para alcanzar nuestro bienestar espiritual. Son estos los hallazgos de la nueva ciencia de la felicidad, y para soportar el peso de la palabra ciencia se le ocurre la hipótesis organicista, es decir, si está en el cerebro y hay una predisposición genética, todo suena mucho más científico. Llegará a hablar en términos de circuito biológico del miedo, el mayor enemigo de la felicidad.

De la misma manera que hay una localización cerebral para el miedo, también la hay para la felicidad. La evolución nos ha bendecido con una fuente casi mágica de compensación, el neocórtex. Esta es la sede física de la felicidad. Por el contrario está el cerebro reptil, depósito de los miedos e incapaz de pensamientos superiores. Cuando el reptil asoma la cabeza, esto es literal en el texto, el sujeto dice: necesito más, más, más…

El paciente que llega al centro ha de apuntarse al life enhancement program, que tiene una duración de 7 días. Parece no llevar mucho tiempo esto de aprender a ser feliz. Baker avanza en su manual a través de los supuestos tratamientos de un elenco de pacientes compuesto por un magnate de las comunicaciones, posteriormente un gran empresario, propietario de dos aviones, un actor de Hollywood y una estrella del rock, ídolo mundial. Pacientes con empaque, ¡hay que ver quién da la vez en esta clínica! No merece menos el estreno de esta nueva ciencia que está emergiendo. Las soluciones que el doctor propone para tales celebridades son significativas: los expone ante lo que podría entenderse como la pérdida por excelencia, la muerte o sinónimos de la misma, la enfermedad grave, o en otro orden, la ruina económica, etc.… No es extraño pues, que envíe al magnate a un centro de cáncer pediátrico, se supone que buscando algún tipo de shock que perturbe su realidad y le haga valorar lo que ignoraba, o le diga a una anoréxica si dejaría morir de hambre a su perrita querida, lo cual inicia una recuperación milagrosa basada en el amor a sí misma. Un hombre en estado melancólico por el fallecimiento de su esposa es curado por el método de la trascendencia con, atención, una sola frase: si hubieras muerto tú que habrías deseado para ella. La guinda final la pone el millonario arruinado; nuestro doctor le pregunta con una profundidad inusitada lo que sentía al perder tanto: el ex–millonario se congestiona y parece a punto de estallar, pero hace su elección; suelta una carcajada y añade: nunca pensé que estaría en posición de perder 75 millones de dólares, guau! Casi podemos imaginar la escena. Es decir, que el Dr. Baker lo que propone como solución ante una debacle como arruinarse, es el control, quiero decir, el personaje casi revienta ante la pregunta morbosa, hace gala de su autocontrol y suelta una respuesta absolutamente delirante. Control incluso al precio de crear un irresponsable. El manual no explicita si la expresión “guau” pertenece al cerebro reptil o al espiritual.

Más allá de las bromas, el tema requiere ponerse serios y aún pensar las consecuencias de todo esto. Ya no se trata de las mentiras y necedades que uno pueda volcar en un escrito, el absoluto desconocimiento del trabajo clínico y la negligencia añadida, sino del daño que provoca en las personas que reciben este mensaje. Asistimos en las consultas a pacientes que vienen decepcionados, en el menos grave de los casos, por experiencias en las que el psicólogo los somete a tratamientos reactivos, reaprendizajes y demás enjuagues para superar lo que no marcha, como algo que es evaluable en una tabla y que debemos reducir por debajo de ciertos límites. En los casos más graves, nos encontramos con síntomas supuestamente curados cuando realmente lo único que han hecho es desplazarse, y habitualmente redoblar su gravedad haciéndose menos permeables al análisis.

Una de las primeras cosas que el psicoanálisis nos muestra es que no es ético pensar en la felicidad como una. No existe La Felicidad. Existe una felicidad para cada uno de nosotros, siempre distinta, somos diferentes, nuestras circunstancias, nuestra historia, la novela familiar de cada uno nos modela, nuestras elecciones; y es a partir de ahí, con las ventajas y las limitaciones que comporta dicho recorrido, que debemos ingeniárnoslas para vivir. En ese sentido, no se trata de aprender a ser feliz, según el canon del Dr. Baker o el de cualquier otro; se trata de saber, no de aprender. Un saber que está en nosotros mismos, un saber que orienta pero que no es accesible, más bien resulta inaccesible, y esto es estructural en el ser humano. Nuestro estar en la vida no es sin un saldo, las cosas que nos ocurren nos marcan y predisponen para encarar las siguientes. El trabajo en el análisis es revisar algunas de estas situaciones, precisar en qué posición ha quedado el sujeto, qué es lo que lo atrapa, dónde quedó fijado, porqué esos síntomas y no otros.

Este es un camino que produce sujetos consecuentes, que pueden reconocer su responsabilidad en las cosas de las que se quejan, y por consiguiente, obtienen un acercamiento al saber del que hablábamos antes. Decimos un saber y no El Saber, de la misma forma que proponíamos una felicidad frente a La Felicidad. Un saber porque es el de cada uno, y por tanto no puede generalizarse en un “para todos lo mismo”. Podemos pensarlo como unas coordenadas, las del lugar de uno en la vida, las que le sirven para orientarse y para dirigirse hacia lo que constituye su deseo.

Alberto Estévez

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