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Nuestros Sueños

Desde el principio de los tiempos se ha asociado la aparición de los sueños con símbolos, signos por descodificar, augurios, incluso premoniciones que nos prevendrían ante alguna desgracia, o por el contrario, anticiparían una dicha por llegar.

Lo cierto es que los sueños han reclamado nuestra atención siempre; a lo largo de la historia han sido objeto de estudio, debate, incluso han condicionado nuestras acciones y decisiones. La Biblia es un magnífico ejemplo de cómo esto se pone en práctica.

Y es que no deja de parecernos misterioso que cuando dormimos, cuando nuestro cuerpo descansa, y aparentemente también nuestro cerebro, aparecen los sueños, más o menos deformados, más o menos coherentes, en ocasiones contando una historia, en otras, imágenes sueltas, deslabazadas, con o sin palabras, que a menudo nos dejan perplejos, extrañados porque ese sueño que al levantarnos recordamos, nos ha parecido muy raro.

Así que aquí tenemos la otra dimensión de lo misterioso que comporta un sueño: ¿qué querrá decir, qué significará? Esa incertidumbre es incómoda para el ser humano, que se maneja mejor con certidumbres, con las que puede responder a los enigmas que se le plantean. Pues bien, no hay certidumbre en los sueños, no existen respuestas rápidas a los enigmas planteados por estos, aunque eso no ha sido inconveniente para que en muchos casos observemos una precipitación para contestar a estas cuestiones, aún a riesgo de apostar por una respuesta absurda. Más vale esta, que soportar la angustia de no saber y no poder poner “parche” al agujero que dicho enigma ha causado en nosotros.

Esto, sumado a lo que comentábamos al principio, la atracción que el fenómeno del sueño provoca en nosotros, ha producido la proliferación editorial de productos que pretenden servirnos en bandeja la explicación de eso que nos ha hecho signo pero que no entendemos. Son los libros que pretenden interpretar nuestros sueños, y sin tapujos ni base alguna, nos indican que si soñamos con agua que fluye eso significa abundancia, o que si en nuestro sueño lo que hacemos es volar, muy probablemente nos espera un ascenso profesional o un reconocimiento de algún tipo. Soy consciente de no ser muy imaginativo con estos ejemplos, mucho menos en todo caso que los que elaboran dichos manuales, pero tampoco resultará extraño encontrar respuestas que no difieran mucho de estas.

Hay algo cierto en todo esto, es innegable: los sueños son susceptibles de interpretación, pero esta no depende del ingenio del interpretador, o de su intuición. Los sueños son prueba fehaciente de que nuestro aparato psíquico no está ocupado totalmente por la conciencia. Los sueños son formaciones del inconsciente, son un producto, en la mayoría de los casos, pleno de sentido, y pueden revelar numerosos aspectos de la vida psíquica del soñante.

¿Qué elementos debemos considerar para interpretar un sueño?

La primera respuesta a esta pregunta es evidente; el material del que están hechos. Puede provenir de la actualidad, algo recién vivido, incluso ese mismo día, o por el contrario podemos encontrarnos lo infantil como fuente del sueño, que nos transportaría a los primeros capítulos de nuestra propia historia. Tenemos también los sueños recurrentes, parecen llamar a nuestra puerta de manera insistente, se repiten durante un tiempo. Cómo dejarnos fuera lo que podríamos llamar los sueños típicos, aquellos que todos, en mayor o menor medida, hemos tenido alguna vez; son los sueños en los que nos vemos sometidos a un examen, o aquellos en los que nos persiguen, el sueño de aparecer desnudo o mal vestido ante la mirada del otro, el de fallecimiento de personas queridas, o por el contrario, sueños en que aquellos que nos dejaron aparecen vivos, y dentro del mismo sueño no parece sorprendernos. Estos ejemplos no son más que una muestra del amplio conjunto de sueños típicos que podemos compartir.

Pero justamente es hasta ahí que podemos compartir, no vale ir más allá bajo pretexto de que el sueño es idéntico. Tú y yo no soñamos lo mismo aunque ambos hayamos compartido un sueño en el que se nos caían los dientes. Es aquí donde se hace necesario ser rigurosos, y este rigor es consecuencia directa de haber establecido que el inconsciente de cada sujeto es el que produce el sueño, de ninguna manera podremos aplicar interpretaciones generales de algo tan particular e íntimo. El inconsciente no es social, sino individual, y por tanto debemos concluir que la codificación que determinado sueño entraña es única, pertenece únicamente al soñante, aunque este quede extrañado del contenido del sueño. De la misma manera, la relación con nuestro inconsciente es también diferente en cada uno, y esta cuestión es central, porque no todos los sujetos están dispuestos a aceptar, ni por un momento, que las riendas no las lleve su todopoderoso “yo”.

Platón defendía que el hombre vive en un mundo de sueños. Jacques Lacan, psicoanalista, decía que es dormidos cuando más cerca estamos de despertar, y cuando creemos despertar, es en realidad cuando dormimos. Es esta una frase que invita a detenerse para pensarla, puntúa la importancia que tienen los sueños en nuestra economía psíquica, algo aparentemente incongruente pero portador de nuestra propia verdad, y en ese sentido creer en ellos es también aceptar cierta determinación, que lejos de atarnos, podemos llegar a manejar a través de un tratamiento psicoanalítico. Don Pedro Calderón de la Barca es el autor de “La vida es sueño”. Dicho título por sí solo es elocuente, pero quizá algunos no recuerden el tema central de dicha obra teatral; la libertad frente al destino. Curiosa parábola que nos recuerda el signo que puede gobernar toda una vida.

Alberto Estévez

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