La siguiente carta, que fue escrita a raíz de la frustrante experiencia personal que supuso la visión de un programa de televisión de la cadena Cuatro, fue enviada a la prensa sin obtener el eco de su publicación. Pido disculpas de antemano al lector por el enojado tono con el que fue redactada, pero no por ello dejo de suscribir al ciento por ciento el argumento que dicha carta pretende defender.
El viernes pasado, 5 de Junio, tuve ocasión de ver en la programación de la cadena Cuatro un espacio titulado “Hermano mayor”, en el horario televisivo por excelencia. Abordaba una problemática tristemente habitual en los hogares españoles; una joven de 21 años, toxicómana, tiene desesperados a sus padres; el consumo de drogas ha tornado la relación con estos en algo verdaderamente imposible. Tras una introducción en que la cámara nos permite comprobar la dinámica de la casa, cebándose en el morbo de la discusión, el choque de la joven con sus progenitores y el lenguaje procaz con el que se obsequian y del que somos testigos directos, supongo que para ponernos en situación, para caldearnos imagino; tras esto, digo, asistimos a la intervención del profesional que va a tratar de resolver esta complicadísima situación que afecta a todo el grupo familiar.
Resulta absolutamente indignante para alguien cuya práctica, durante años, se ha desarrollado enfrentando este tipo de situaciones, asistir, aunque sea a través del televisor, a la intervención que el profesional protagonista del “reality” despliega en el caso de esta joven. Indignante más allá de que se pueda estar en desacuerdo con que un espacio televisivo ventile estas cuestiones con tanta ligereza, eso da para otro debate, soy consciente de los tiempos que nos han tocado vivir, nuestro todopoderoso es el dinero y hay que vender por encima de todo, incluso de la dignidad de las personas; la cuestión que quiero abordar es otra; la indignación es la resultante del tratamiento que se le ofrece a esta chica: absolutamente demencial.
¿Cuál es el fundamento de la intervención de este terapeuta? La intervención está fundada en la experiencia, en este caso, la propia experiencia. El terapeuta es un hombre que ha pasado por la problemática de la droga, él mismo, ha padecido en su propia persona los rigores de un drama como este, y será su experiencia, la suya propia, la que sirva de guía para forzar a salir a la chica del trance en el que se encuentra. Porque como todos sabemos, y si no lo sabíamos ahora ya no hay ninguna duda, la adicción es una problemática generalizada que no distingue entre sus afectados, responde a un “para todos lo mismo”, y así, si yo conseguí dejarlo, tú también puedes, claro que si eso no ocurre y no lo lograras aplicando “mi método” es porque eres mala, o una viciosa, como se llega a decir en algún momento en el que el terapeuta pierde literalmente los papeles y pasa a insultar a la paciente. Es decir, si la cosa no funciona, en ningún caso tiene que ver con el cuestionamiento de la propia intervención terapéutica, esa siempre es correcta para este profesional, el problema es del paciente que no lo hace bien. Y como no lo hace bien, convendría someterla a un castigo, y qué mejor que hacer que trabaje en lo que hace la madre a diario, pero en el caso de la paciente, sumándole un nivel de exigencia que torna la labor que ha de cumplir en algo imposible; así apreciará y valorará lo que su madre hace por ella. Claro que puestos a asociar, quizá también asocie trabajo con castigo, ¿y entonces?
La adicción a las drogas, al alcohol, etc, no es un capricho, no ocurre porque uno sea malo o vicioso. Es una problemática muy seria y grave, que hunde sus raíces en lo más profundo del ser humano. La sustancia tiene una función para el drogadicto, conocer dicha función se revela esencial para cualquier intento de tratar la situación, porque orienta nuestra intervención. Muy por el contrario, volviendo al despropósito que representa un tratamiento como el que este programa tuvo a bien ofrecer a sus espectadores, resultan patéticas las imágenes de la joven martillando paredes de ladrillo para soltar el odio, porque alguien ha debido decidir que el problema de nuestra paciente pasa por dicho sentimiento, o quizá es que en el caso de su terapeuta el odio representó el eje en su experiencia con la droga, y lo que valió para él debe funcionar con esta chica.
Dramático realmente, porque todo esto sucede sin que ni siquiera hayamos oído una sola vez la pregunta primera de cualquier tratamiento: Lidia, ¿desde cuándo te pasa esto?
Así que, en mi caso, me quedo con mi hermano mayor, con sus defectos y sus limitaciones, pero también con su apoyo, que no he echado en falta, pese a que en algunas de las encrucijadas que nos brinda la vida, yo decidiera no seguir su mismo camino.
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